La importancia de las habichuelas o eso cae de cajún

Es curioso comprobar cómo hay ciertos elementos que no dejan de repetirse a lo largo de la historia y las historias. La condición humana es tal que los símbolos y los significados se repiten, se mezclan, se fusionan y se aparean cual conejillos de indias enfebrecidos por alguna clase de virus de tipo psicosexual. Por extraño que pueda parecer es el caso de las Phaseolus vulgaris. Judías, habichuelas, frijoles, porotos, chingadillas, fabes, chícharos o alubias son algunas de las mil y una formas que adopta este ser alimenticio que no debe faltar en la huerta o en el plato de nadie que se quiera llamar ser humano (eso a pesar de la mala prensa que tiene el término). Ya en la Grecia clásica se tienen noticias de que muchos filósofos y anacoretas de la época se negaban a comer judías. Se dice que el mismo Pitágoras murió por que, al verse perseguido por una masa enfurecida de esas de horcas y antorchas, se negó a correr sobre un campo de habichuelas.

 

Pero ¿qué clase de artículo mierder es éste? ¿Medicina alternativa? ¿Cocina deconstruída? ¿Estafa piramidal? ¿Filosofía de bachillerato? Pues no, amigos, esto es un artículo de música, de historia de la música para ser más exactos. Enseguida le verán el sentidiño y, por supuesto, la sensibilidad.

 

Tras semejante introducción no queda otra que ir al grano. Este es un artículo en modo divagación freestyle sobre un estilo de música que nos lleva a la gente que lo practica ahora, que a su vez nos lleva a la gente que lo inventó, y que nos lleva a la cama de nuevo porque es tarde, el sueño apremia y no tengo el chichi para farolillos. Como vds. deben saber (y si no como vds. deberían querer saber) los Estados Unidos de América es un país o, más bien, un conjunto de países en donde nadie es exactamente de allí. Bueno, sí que existen indígenas, pero son uno de los colectivos más maltratados, minoritarios y puteados de la zona y de la historia. Los USA se formaron a partir de oleadas de migraciones (si, esas que «vienen a robarnos el trabajo y las mujeres»). Y con cada oleada migratoria llegó una tradición musical diferente que, tiempo después, se mezcló (menudos son los músicos para eso de mezclar, líquidos sobre todo) y dio cosas como el blues, el jazz, el hiphop, el rocanrol o, aquí llega el tema, el zydeco.

 

Zydeco es esto:

 

Pero también esto:

 

Y no nos olvidemos de esto:

https://www.youtube.com/watch?v=hw02Oz8fZkM

 

Clifton Chenier es el arquetipo zydeco por excelencia. Su historia no dista mucho de la de los grandes del blues o el ragtime: jovenzuelo afroamericano (francófono en este caso) crecido en tierras de cultivo del sur de EEUU que en sus ratos libres se dedica a tocar el acordeón, la armónica y a cantar en ese «patois» o dialecto estadounidense del francés. Hasta que lo «descubren», empieza a dar conciertos, a grabar primero singles, luego álbumes y se convierte en el embajador mundial de este estilo tan particular.

 

Pero antes de meternos de lleno al zydeco hay que hablar de su origen. Retomando la cháchara de las migraciones transnacionales que formaron los USA contemporáneos, no está mal recordar que el dominio de lo inglés en estas tierras es fruto de la casualidad y las tramas políticas. En los tiempos de su formación en buena parte de su territorio se hablaba español y francés, amén de las lenguas aborígenes. Como el avezado lector podrá concluir, es al francés a donde vamos. Parte del zydeco proviene del cajún. El cajún o, mejor dicho, los cajunes, fueron producto de una oleada migratoria francesa que se asentó más o menos en lo que hoy conocemos como Canadá, concretamente en las zonas costeras que, por aquel entonces, fueron llamadas Acadia.

Después de su «descubrimiento» (ejem) a Acadia se marcharon muchos emigrantes franceses. En el siglo XVII había alrededor de unas cien familias francesas asentadas en estas tierras. Se dice que, a pesar de los pesares, hicieron buenas migas con los nativos, los mi’kmaq, de los que aprendieron a sobrevivir en semejantes condiciones de adversidad. El problema de la época era, cómo no, la guerra entre el Imperio Británico y Francia. Al estar las comunidades cajunes en la mismita frontera es de suponer que tendrían que mamar saqueos, cañonazos y sableteos varios de forma parecida a lo que les pasa hoy día a los palestinos (salvando las distancias, hoygan). En este sentido han pasado a la historia como «los franceses neutrales», es de suponer que hasta el moño de tanto conflicto y cambio en las fronteras.

Músicos de zydeco en Lusiana en 1938
Músicos de zydeco en Lusiana en 1938

El caso es que más o menos a mitad del siglo XVIII los británicos se cansaron de tanta indefinición y chimparon a los que no tragaron con la lealtad al imperio. Así, unas 12.000 personas fueron exiliadas de sus tierras. Algunos acadianos se fueron a las zonas británicas de los actuales EEUU, otros volvieron a Francia y (¡oh sorpresa!) muchos se marcharon nada más y nada menos que a Luisiana, donde dejaron de ser acadianos y se convirtieron en cajunes. De aquello se conserva la denominación oficial de una parte de Luisiana, conocida como Acadiana (así en castellano) o País de los cajunes. Y allí empezaron a recibir más oleadas migratorias. Por las comunidades cajunes circularon nativos amerindios, alemanes escapados de las penurias del viejo continente, descendientes de esclavos afroamericanos y, más recientemente, asiáticos de Laos, Vietnam y Camboya.

 

Fruto de este chimichurri cultural surge no sólo la música cajún y el zydeco sino también un tipo de gastronomía muy peculiar y un acento francés muy gracioso. Ahora que ya hemos escuchado cómo suena el zydeco, aquí les dejo con una muestra de cajún tradicional para que busquen las similitudes vds. mismos.

 

Aquí en formato doméstico:

 

Aquí en formato medio (ni grande ni pequeño):

 

Y aquí en plan macro:

 

Estirando la metáfora se podría decir que el zydeco es al cajún lo que el blues a la música tradicional africana: una mezcla de estilos donde el cajún o la tradición africana ocupan un lugar importante (instrumentos, melodías, ritmos) pero no fundamental, ya que coexiste con otras influencias. La clave tanto del blues como del zydeco es la mezcla de estilos, la convivencia de gentes de lugares dispares que se junta bien por necesidad bien por aburrimiento y de ahí sale algo graciosete, con gancho y que perdura en el tiempo. El papel de la espontaneidad y versatilidad de los afroamericanos y criollos si que es central. Así que, la próxima vez que alguno de vds. escuche aquella cantinela de que los inmigrantes no pegan palo al agua, que vienen a vivir de subvenciones y a violar a nuestras mujeres para luego crear canales de violencia pornográfica en el yutub, recuerden la entrañable lección que la historia nos ofrece.

 

Y ¿qué hay de mis habichuelas? se podrá preguntar el lector espabilao. El papel de la Phaseolus vulgaris es al tiempo circunstancial y elemental. A ellas hay que agradecer el nombre que lleva el zydeco. Como nos cuentan los wiki-rangers «el término Zydeco proviene, según la tradición, de la expresión ‘Les haricots’ (las alubias, en castellano) que según algunos autores era la forma en que se denominaba, despectivamente, a los negros del delta, y según otros derivaba de una canción popular de origen francés llamada Les haricots sont pas salé, que tenía el significado, no literal, de «Estos son malos tiempos». Malos tiempos en los que sólo hay chícharos para comer, ni una mísera tira de beicon o unos cacheliños para acompañar.

 

Y, para acabar, una lista de hits cajunes gracias a la labor desinteresada del yutub:

Moris Mr. Cachelo
Moris Mr. Cachelo

Invasor pangaláctico sin vergüenza y sin paciencia. Doctor en Exo-sociología Estelar con mención especial en Campos Gravitatorios Genitales, Morís es la avanzadilla del Ejército de Liberación Mineral del planeta Cachelo, en la galaxia de las Domingas, constelación lechosa. Su único objetivo en la vida es evitar de cualquier modo que la especie humana se reproduzca. Para ello prevé copular con un ingente número de hembras humanas a fin de dejarlas estériles y, de paso, entretenerse dándole vidilla al cuerpo.

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